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La corrupción afecta a todo ser humano que piensa en el lucro como objetivo en la vida y poco tiene que ver con aquellas personas que prefieren por el contrario disfrutar de cada instante y de la austeridad conseguida mediante el esfuerzo.

Son los medios de comunicación los que propagan un estilo de vida que admira los coches caros, las mujeres y los hombres atractivos y el dinero fácil. No se trata de hacer un discurso religioso o moral y tampoco de sacralizar la pobreza como un don que permite vivir en la honradez.

A veces se confunde la pasión por vivir con el vivir con pasión, en todo caso, no hacen falta grandes esfuerzos para vivir con diginidad si se ha luchado por aprender y tener curiosidad, aunque, en muchas ocasiones, la falta de oportunidades y la mala suerte suele jugarnos una mala pasada. Hay que rehacerse a cada instante y reconstruirse a cada golpe.

La cosa sindical retrocede, todos están hartos de instrumentalizar el fracaso para solicitar el triunfo. No se puede vivir en el eterno regalo, en obtener las ventajas por que si, porque nosotros lo valemos y es ahí donde duele el discurso perenne sobre la continua necesidad de aumentar la retribución, el tiempo libre y consolidar también las garantías sociales, el futuro.

La riqueza se ha acabado, entre otras cosas porque 3 personas atesoran tanta fortuna como el 20% de la población en España, parece increíble y es tristemente cierto. Existe cierta perversidad en un estado que expolia sistemáticamente a los profesionales y permite una aumulación de riqueza sin igual y tenemos que dar gracias por que esos tres ricos vivan en la España pese a que se empecinen en guardar sus fortunas en la Europa o en Delaware.

Los responsables de la situación son esos que llaman políticos y como no, también aquellos que bajo el paraguas sindical manifiestan su descontento con los políticos y pillan sus mordidas al mismo tiempo, repartiéndose sus pastelitos. Ahora toca devolver lo "afanado", los 15 millones que pide la Junta de "Andalusía", como dice Chaves, y que UGT malversó en cursos de formación que por verbigracia del lenguaje separó la preposición del sustantivo y debería denominarse DEFORMACIÓN. Hablamos de lo que hemos indicado al principio, de la deformación mental que requiere una vida llena de mariscadas, prostitución, terrenos recalificados y chalets en urbanizaciones exclusivas, eso que queda resumido en la brillante frase de la madre de Juan Lanzas, "Mi hijo tiene dinero pa asa una vaca".

Es perverso que todo esto ocurra y nos quejemos, en nuestras manos está intervenir socialmente para evitar la corrupción. Lo permitimos porque nos quejamos, pero nos limitamos a ese griterio constante que busca impedir mediante pancartas lo que otros se llevan mediante cheques. Es la estupidez de pensar que solo por el hecho de nombrar algo, su simple evocación evite y promueva el cambio en la conducta humana.

Todos niegan ser corruptos y todos admiran a los que potencialmente defraudan, se habla de tal o cual y al cabo del tiempo se descubre que declara sus beneficios en un paraiso fiscal. Ya ven nuestros lectores, un paraiso fiscal, como si las manzanas mordidas estuvieran en árboles que florecen billetes en una eterna privamavera financiera. Hablamos de los futbolistas y sus sueldos millonarios, de los empresarios que amasan fortunas, de las celebridades, (ahora se llaman así a los famosos), que viven desmesuradas vidas y somos incapaces de pensar en otras cosas que no sean el dinero, el sexo y la velocidad que proporciona un descapotable rojo.

El ocaso de la civilización consiste en adorar el estereotipo de la imagen que proporciona la televisión, esa misma televisión en la cual trabajamos y esas otras en las cuales no desempeñamos labor alguna. La televisión es el resultado de una sociedad que fabrica excrementos políticos y sociales que tienen que ser mostrados a la población para indicarles el camino de la perdición.

Es inevitable escribir y opinar moralmente y mire usted que intentamos no caer en ese espacio tonto donde anidan las creencias y es ahora donde los profesionales exhaustos creen que sus problemas pueden resolverse por el simple hecho de gritar, tocar un pito, una bocina o tocar una sirena asistida por un megáfono.

Los sindicatos, esa cosa que vive en las empresasl son parte de la excrecencia, de la berruga laboral, del cáncer benigno que puede, tarde o pronto convertirse en invasivo y producir metástasis mentales. Los sindicados quieren representar la protesta para repartir el juguillo, la salsa de la política. Se protesta porque no se está de acuerdo. Se podría protestar por estar de acuerdo y asimismo mostrarlo, porque cuando se hace así se construye la crítica y cuando se hace de la otra manera es porque se permite el estado de las cosas, de las cosas sindicales, de esa suave y perenne queja que sigue y perdura, que nos humilla a cada titular, la corrupción.

La cosa sindical es un conjunto de prebendas y beneficios que se obtienen mediante la representación de la protesta de aquellos que nos saben construir su propia protesta, esa misma que llamamos, "crítica de la razón". Los sindicatos y los sindicalistas tienden a pensar que son honrados por naturaleza, por el sencillo hecho de representar una ideología: la izquierda, esa metáfora sobre la bilateralidad humana que no implica nada mas que la abstración de la memez política.

Han pasado varios años desde que se perdió la guerra civil y siempre se ha pensado en la revancha. La izquierda piensa en la venganza sobre su pasado, se asemeja a los movimientos nacionalistas, y ambos parten de la misma estación de la historia, de su añorado siglo XIX en el que las protestas construían revoluciones y propiciaban guerras, en las que las masas, informes, desfilaban formadas bajo la vista de los caudillos fascistas y los dictadores comunistas.

En esa España que por arte de la naturaleza nos ha tocado vivir, sigue pensándose en desenterrar muertos de las fosas, recordar a los huesos y tocar la música del pasado con los húmeros de los esqueletos de la guerra civil. Se quiere y se desea volver a reponer la República, quemar iglesias y perseguir a todos los comerciantes que no hablen una determinada lengua. Llegamos al bucle de esa población que no sabe que es su propia mentalidad e inútil perseverancia la que impide que exista otra sociedad mas justa, mas equitativa, mas razonable. Seguimos gritando en el patio de vecinos nuestras santas sandeces de una izquierda irreal y una derecha real, amparados en la misma "lucha de clases" que pudo existir en otros momentos de nuestra historia.

La cosa sindical es algo deforme que ha perdido el sentido, que ha dejado de ser necesaria, que es total y absolutamente prescindible, mas en un mundo que sustituye sistemáticamente la mano de obra por la tecnología y las comunicaciones y que ahora está abocada a la miniaturización y a la automatización de la vida. Somos libres en tanto en cuanto no seamos sustituidos por máquinas y poco a poco la cosa sindical se irá diluyendo en el fondo de la olla de la historia, de esa misma historia que intentan repetir como si no hubiera ocurrido nunca.

Così fan tutte. Todos piensan en perdurar, en hacer paros y evitar que se les retire el salario proporcional, es parte de la corrupción, los sindicalistas no tienen porque indicar si hacen o no un paro, están exonerados de demostrar nada. Bajo cuerda se indica a la empresa que una cosa es la propaganda y otra la devoción. Todo se sabe. Algunos sindicatos que promueven la libertad mandan listas con todos los "liberados" para que nadie se escaquee, pero al tiempo están dolidos por perder una parte de su salario cuando en realidad llevan protestando por lo mismo desde que tienen uso de razón.

Aquí la paz, aquí la guerra. El Tolstoi sindical, intragable, ilegible, un mamotreto de normas que permiten que unos cobren sin trabajar, que inviten a la huelga y a hurtadillas indiquen que no la han hecho para así evitar que su bolsillo se vea tocado. La corrupción sindical que representa la farsa de la protesta, eso es lo que tenemos en este país y en esta empresa llamada así por ser benignos.

La cosa sindical que cuelga de la entrepierna o que en el caso inverso no cuelga y es la denominada cosita. Unos sindicatos que cobran por despedir, por deformar, por administrar los planes de pensiones y que crean empresas y sistemas corruptos y clientelares que mantienen usos y costumbres. Los feligreses afiliados encienden velas a San Antonio y pagan sus cuotas religiosamente porque son incapaces de desprenderse de su hipócrita tozudez. No hay nada peor que no reconocer que para protestar hay que construir la crítica y que está, la crítica, es la base de la honradez.

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